El poblado carpetano de La Gavia

Los más antiguos pobladores del valle del Manzanares
restos del poblado de la gavia

Poblado Carpetano de La Gavia. Tramo II del Parque Lineal del Manzanares.

Con objeto de la prospección arqueológica (1.999-2.004) que se impulsó con las obras del LAV a Barcelona-Frontera francesa, en el Tramo 2 del Parque Lineal del Río Manzanares, el Ayuntamiento de Madrid editó el libro “El Cerro de La Gavia. El Madrid que encontraron los romanos” hoy presente en Internet en la web del Ayuntamiento.

La información recopilada en esta publicación es de una calidad excelente y goza de un rigor técnico absoluto, por lo que recomendamos su lectura si queremos establecer cualquier juicio en profundidad sobre la realidad histórica -e incluso política- de La Gavia. El libro no está exento de este último factor, lo cual puede resultar incluso lógico, y no le deja de quitar mérito ni calidad al ejemplar, pero debemos saber reconocer estos aspectos a la hora de establecer valoraciones con buena perspectiva histórica.

Este trabajo del GIPL no trata de reproducir o resumir lo que se dice en el libro del Ayuntamiento -puesto que para eso ya existe esa magnífica obra- sino de ofrecer una visión distinta, mucho menos técnica. Tratamos así de ofrecer una historia mucho más amena e informal que las hasta ahora vistas sobre el poblado prerromano de La Gavia.

Carpetania, tierra de carpetanos

carpetanos

Imagen de guerreros carpetanos. Fuente: Mundo Historia.

Los primeros habitantes estables de la región Madrileña fueron los carpetanos. Ellos fueron los primeros en abandonar el nomadismo para establecerse en las tierras bañadas por el Tajo y sus afluentes. En nuestro contexto local podríamos circunscribir esas zonas al valle de los ríos Manzanares y Jarama.

El de La Gavia es uno de los asentamientos carpetanos que existieron en el Parque Lineal del Manzanares.

Aprendieron a explotar lo que la naturaleza les ofrecía sin llegar a agotarlo. Gracias a su avance en las técnicas agrícolas y ganaderas, lograron un modo de vida sostenible que les permitió uno de los grandes y costosos logros del ser humano protohistórico: el sedentarismo. Avance que por otro lado jamás hemos abandonado, aunque en el presente la escasa sostenibilidad de algunos de nuestros modos de vida haga peligrar esto que ya se consiguiera en la Carpetania y que tiene su origen en el Neolítico.

Cuando Roma llega a la península, los habitantes que encuentran en Madrid son carpetanos. La dominación romana fue paulatina, probablemente en algunos casos pudo ser incluso violenta, más si tenemos en cuenta que tanto cartagineses como lusitanos también ofrecieron resistencia.

No obstante podemos afirmar que la romanización del pueblo carpetano fue lenta y en general  pacífica, efectuada sobre una población que ya repuntaba ciertos avances económicos y sociales. Los contactos comerciales comenzaron una homegenización de costumbres y hábitos que acabó por satisfacer los deseos de Roma: abandonar los hogares en las alturas para pasar a vivir en las nuevas ciudades, junto a los ríos.

La leyenda  de la Mantua Carpetana

plano texeira mantua carpetanorum

Plano de Texeria. Figura la leyenda “MANTUA CARPETANORUM”

La capital de este pueblo sería, según la tradición, la Mantua Carpetana, hoy una leyenda más que un hecho histórico contrastado, aunque según los expertos podría encontrarse entre Madrid y Toledo. Leyenda o no, no parece casual el encabezado del famoso plano de Madrid del año 1.656 en el que Pedro Texeira elabora el mapa antiguo de la ciudad más importante de la época. Es evidente que Madrid, de fundación y origen árabe, no era la Mantua cuya leyenda desde tiempos de Felipe II se había fraguado con esmero. Se trata más bien de un intento de borrar la memoria islámica del verdadero origen de Mayrit, entonces capital de un imperio en guerra contra los turcos.

Según la leyenda, finalizando la época del cobre y dando comienzo la del hierro, allá por el 1.300 antes de la Era Común, el príncipe Bianor sobrevivió a la Guerra de Troya y busca refugio en Albania. Allí fundó su reino y su hijo Tiberis le sucedió en el trono, quien a su vez tuvo otros dos vástagos: Tiberis y Bianor, Ocno Bianor.

Ocno no era hijo legítimo, sino el engendrado en relación con una bella mujer llamada Mantua. El padre, preocupado por los problemas de sucesión que se le sobrevenían, expulsó a Mantua y a Ocno lejos de su reino para que más tarde fundaran en Italia la región de la Mantua. Pasado el tiempo, Ocno Bianor tuvo un sueño en el que los dioses le revelaron su destino, situado en dirección a donde se pone el sol. Tras partir y volver a tener el sueño años después, despertó en una hermosa tierra rica en agua, encinas y madroños, habitadas por pastores de rebaños y pequeños agricultores de destino ligado a la madre naturaleza. Los Carpetanos o los sin patria esperaban que el emisario de los dioses les indicara donde cesar su nomadismo y asentar sus casas.

Ocno Bianor les contó su sueño y comenzaron a edificar murallas y calles, casas y graneros, tornos de alfarero y fundiciones para el hierro. A la ciudad de pueblos que se había creado se le puso el nombre de Mantua, en honor a su madre, la Mantua Carpetana. A la diosa Cibeles, también llamada Metragirta, se le consagró posteriormente la ciudad, pasando a tomar un nombre que después devino en Magerit y finalmente en Madrid.

Esta es la historia, entonces, del poblado de La Gavia, un lugar que formó parte de la idea de Mantua Carpetana.

El nacimiento del poblado de La Gavia.

reconstrucción del poblado carpetano de la gavia

Reconstrucción del poblado de la Gavia en su ubicación original

A la izquierda del río Manzanares, sobre los imponentes cerros que jalonan el río en el lugar del Vado de Santiago el Verde, los sin patria carpetanos eligieron un enclave en el que situar su pueblo y dar así progreso a sus gentes de origen celtíbero. El progreso debería venir dado por el abandono del nomadismo de épocas pasadas, para transformarse en un sedentarismo que quitara las preocupaciones propias del tiempo dedicado a encontrar nuevos lugares, nuevas fuentes de supervivencia. Allí podrían disponer de nuevos días para desarrollar su agricultura y su ganadería, asegurando la alimentación de unas nuevas castas que podrían innovar la creación de nuevos instrumentos de todo tipo.

Allí estarían casi seiscientos largos años.

En el siglo IV antes de la Era Común comenzaron las ocupaciones del cerro de La Gavia. Los humildes hogares se apiñaban al abrigo protector del cerro. Los cortados de roca de yeso parecieron aviso suficiente de la ruda defensa que se obsequiaría a quien osara apropiarse de las riquezas del pueblo.

Los años avanzaron y el entorno se envenenó. Roma comienza a ocupar las regiones de lo que ellos adoptaron con el nombre de Hispania, hay resistencia y comienzan las guerras. Estamos en el siglo II antes de la Era Común y las escaramuzas entre cartagineses y romanos pugnaban por conquistar Hispania. El entorno se hace muy inestable y el poblado se sumerge en crisis constantes de recursos, los comerciantes escasean y sus mercancías peligran. Salir del cerro con el ganado supone arriesgar la vida y los cultivos del valle bajo los cortados son pasto de saqueos constantes. Hay épocas en los que no queda alimento ni para los niños, por lo que muchos se dedican al robo de lo que encuentran en sus caminos.

La situación obliga a los habitantes de La Gavia a enrolarse en los ejércitos de los bandos en contienda, indistintamente, ya que no hay pasión en la lucha, es pura necesidad. En esta época es un hecho comprobado que La Gavia es destruida en un torbellino de grave inestabilidad social.

La superviviencia empuja a innovar, y durante los siguientes años La Gavia será reconstruida sobre sus propios cimientos, pero esta vez el cerro será fortificado en extremo. El perímetro de todo él será defendido por una muralla de roca coronada por un torreón en su parte más septentrional. Visto desde el valle del Manzanares, La Gavia parecería un barco varado en la arena del río, encallado en las rocas de oriente. Con majestuosidad, su espolón de proa destaca por encima de cualquier cumbre y avisa: La Gavia vuelve a nacer.

La metropoli. La vida en La Gavia.

Madre roca y padre muralla cobijaron desde entonces el urbanismo del poblado. Las casas de poniente reforzaron el muro como continuación del escarpe inexpugnable que ofrecía el propio cerro: por allí nadie podría entrar jamás. Por oriente el foso natural se reducía lo suficiente como para verse reforzado por su muralla y servir así mismo de puerta de entrada al poblado. La seguridad de sus gentes parecía fuera de toda duda y no se equivocaron, La Gavia no volverá a ser destruida.

foso delantero poblado

Imagen de lo que queda del foso delantero que resguardaba el espolón defensivo.

Intramuros la vida bullía. Poco a poco la seguridad dio paso a la confianza y el poblado de transformo en un núcleo de cierta importancia en el entorno, al atraer a numerosas familias a su cobijo. Los viajantes de remotos lugares comenzaron a frecuentar el lugar con finas cerámicas de Cartago o de Roma, con conchas del lejano mar Mediterráneo o incluso con adornos personales de bronce. De nuevo la excavación arqueológico da buen testimonio de ello.

El pueblo no era especialmente rico y su capacidad adquisitiva se basaba en su principal recurso, la lana de ovejas y cabras. Por ello los comerciantes extranjeros no dejaban de ser formalmente una curiosidad que divertía a la población cuando estos se acercaban La Gavia.

Los bienes de primera necesidad intentaban ser producidos dentro del propio poblado. Con barro del río se fabricaron las vasijas que servían para cocinar y guardar el grano. Disponían de un solo alfarero, que con su torno daba servicio a las familias de La Gavia, sin embargo muchas de las veces la cerámica se hacía sencillamente a mano y se cocía al fuego.

El valle del Manzanares era rico en recursos. Ofrecía abundante caza de pequeños animales que vivían en sus inmediaciones, barro para sus vasijas y los adobes de sus hogares. Además, la fértil llanura era ideal para servir de pasto al ganado y como tierra cultivable para sus huertos. En los cercanos cerros aguas abajo del río exisitía la piedra caliza que se utilizaría en la construcción de los muros del poblado, lugares que también sirvieron como canteras naturales de silex, usado para fabricar rápidamente sencillas herramientas de corte con infinidad de utilidades.

Pero no todo se podía conseguir en La Gavia. La versátil madera de pino para herramientas y la construcción de pilares en las viviendas, era imposible hallarla en las inmediaciones. Para conseguirla en cantidad suficiente resultaba imprescindible comerciar con la lana. Precisamente esa lana se manipulaba en los telares del poblado y vestía de ásperas ropas, escasamente desbastadas, a sus habitantes.

dibujo casas del poblado

Dibujo de las casas centrales del poblado que figuran en el libro del Ayuntamiento de Madrid.

Dentro del recinto amurallado los humildes hogares se apelotonan abrazados por la seguridad del cerro. La negrura del interior de las casas sin ventana alguna, contrastaba con la claridad del día que fuera lo invadía todo, reflejada en la tierra parduzca de yeso que casi no ofrecía sombra.

Dentro de los hogares, muy reducidos por la absoluta falta de espacio, la estancia era muchas veces única, otras veces, cuando el dueño tenía más poder en el poblado, se permitía tener un habitáculo sin techumbre para guardar algo de ganado, normalmente cerdos.

interior hogar carpetano

Interior de un hogar carpetano. Recreación muy próxima a la Gavia, en la Laguna del Campillo.

Traspasar la entrada de una choza supone simplemente retirar un pesado manto de lana que cubre la puerta. Tras él, en medio, el fuego es la única luz dentro del hogar, los ojos tardan en acostumbrase, el olor a humo es intenso. Dos mujeres miran la polvorienta cortina correrse y guiñan los ojos para ocultarse del sol. Están sentadas, no es fácil permanecer en pie dentro de la única habitación de esta casa carpetana. Descansan sobre un banco corrido alrededor del muro, pegado a él; casi se podría decir que forma parte del mismo, dadas sus toscas formas y lo incómodo de su naturaleza. Parece imposible que tras la pared del fondo de esta estancia tan pequeña, se extienda un abismo de más de veinte metros de altura de cortados casi verticales. Esta casa es casa y es muro, es una de las defensas de poniente de La Gavia. Un poco más allá, la vega del río Manzanares.

Las paredes están enlucidas con barro ennegrecido y sobado por el roce de los cuerpos. La estructura de estas paredes se levanta desde el suelo con piedras calizas colocadas a hueso, unas sobre otras, encajadas, para evitar la humedad que por capilaridad sube desde el suelo del cerro. Sobre ellas se colocan adobes cocidos de formas irregulares, hasta llegar al techo, donde bajo una estructura de madera instalada sobre un pilar al centro de la habitación, se asienta una cubierta de retama y especies arbustivas del valle del río.

Interior de un castro celta

Dentro, la techumbre de retama era sostenida por una viga de pino

El suelo parece pisoteado, tal vez no es casual y el dueño pensó que así estaría más liso, quizá más confortable. No hay grandes lujos tampoco en este caso. Tan solo cerca de la lumbre se observan pedacitos de cerámica incrustados en el piso, con ello se impide calentar la tierra y desgastar el preciado recurso del fuego. Tinajas, recipientes y ollas para la lumbre se acumulan por la estancia en número llamativo, una de ellas precisamente descansa sobre el hogar. Vencido el olor a humo que todo lo cubre y que incluso tiñe la piel de ambas mujeres, vienen otras sensaciones al olfato: el guiso de carne se aprecia perfectamente, las plantas y los tomillos en hatillos por las paredes y los reptiles de todo tipo secándose al calor de las brasas, dan un toque casi exótico a la pituitaria.

Salir fuera supone el consabido golpe de luz solar, y cuando la pupila vuelve a contraerse, ya sólo podemos ver los ojos de las dos mujeres al mirarnos desde dentro de la casa, mujeres que por su aspecto sobrepasarían los cincuenta años. Ojos que nos delatan que en realidad no tienen más de veinte. Nadie dijo que la vida en La Gavia resultase cómoda.

Subiendo un par de escalones abandonamos el interior de la habitación, ligeramente excavada en el terreno para mejorar su aislamiento. En el exterior hemos salido a una de las dos calles del poblado. La Gavia es una enorme almendra vista desde arriba, como un gran ojo que mira al cielo. Por sus laterales corren dos grandes avenidas de extremo a extremo del poblado, dividiendo la almendra en tres zonas donde se apiñan las viviendas. Es precisamente la manzana central la más cotizada, y donde las casas salen, o bien a una calle, o bien a la otra, teniendo las de los extremos salida a las dos.

mapa, plano superior del poblado

Imagen fotomontada desde los planos de la prospección arqueológica. En amarillo las calles del poblado y el urbanismo que se ha excavado. En verde el borde original del cerro que dio cabida al poblado hace 2500 años. Se aprecia la sección producida por ambas vías de tren.

parte trasera del poblado de la gavia

En esta toma se aprecia la parte de atrás del poblado y se verifica la pendiente del mismo, aprovechada para evacuar las aguas con rapidez sin necesidad de alcantarillado.

Comienza a llover. Aparece una apocada nube de primavera que liberará a la gentes de La Gavia del duro sol mientras pastorean o cultivan fuera la tierra. Sin embargo el agua empieza a caer con extraordinaria violencia. Las mujeres se asoman descubriendo los pesados pellejos de cabra que cuelgan bajo los dinteles de sus puertas, dentro, el techo de ramaje cumple perfectamente su función e impermeabiliza la estancia. El humo de los hogares que sale por él, parece ahora hacerlos mucho más confortables de lo que nos hubiera podido parecer hace tan solo unos minutos. Caminamos por la calle occidental del poblado y el agua corre abundante favorecida por su desnivel, dejando así las casas a salvo de inundaciones y humedades. Al sur, un enorme desagüe natural junta sus aguas con las del arroyo que da de beber al poblado, formando una furiosa torrentera que muere violentamente contra el Manzanares a los pocos metros.

En unos momentos hemos recorrido una de las arterias principales y llegamos al punto donde se junta a su hermana gemela, el lugar más alto del poblado, zona de especial importancia puesto que desde aquí se reparten todos los caminos del mismo. Recordando este hecho, imponente entre las nubes grises que ahora arrojan su carga, el espolón, el torreón defensivo que protege y conduce a La Gavia en su presente y también en su futuro.

vista superior de la gavia años 80

Hemos retocado la imagen publicada por el libro del Ayuntamiento de Madrid, para mostrar mejor en esta foto de los años 80 la posición del foso y sobre todo del espolón defensivo, que hace tan solo unos años era muy evidente (nótese la sombra que arroja sobre el foso). Se aprecian también abundantes trincheras de la Guerra Civil y restos de casas. Estos hogares eran simplemente entrada a cuevas en el cerro, algunas naturales y otras practicadas por el Ejército Popular de la República en su defensa de Madrid.

Es más que un bastión de los clanes militares del poblado, ya que en él se rinde culto a los dioses que protegen o representan a las cosechas, a los caballos y a los animales, al infierno y a la noche, al comercio y los artesanos, a los bosques y las aguas, a la tempestad y al trueno… Mirando a lo alto del promontorio de piedra sabemos que estamos protegidos, porque todos los habitantes de La Gavia creen y respetan a los mismos dioses, los dioses del poblado, que no dejan de ser al fin y al cabo la alegoría de sus más íntimas necesidades diarias.

Casi sin llegar a dejar la plaza del torreón, a la izquierda una brecha se abre en el muro de la metrópoli. Es la entrada y la salida de La Gavia, a la que se llega desde el exterior por un angosto camino que salva a duras penas el hueco entre los cerros que sirve de foso oriental al poblado. Una empalizada de madera lo protege.

cerro de la gavia antes del lav a barcelona

Interesantísima foto donde se aprecia el cerro justo antes de la construcción del LAV a Barcelona. Se aprecia la pared original del foso y el camino de acceso al poblado, bastante erosionado. Desgraciadamente también puede verse la completa destrucción del espolón delantero y de una buena parte del poblado por el LAV a Sevilla.

La lluvia ha cesado y entrar o salir de la Gavia por el caminito de acceso es peligroso, la lluvia lo ha dejado embarrado. Fuera, varios hombres traen a las bestias. La gran estabilidad de los últimos tiempos, unida a la protección de los dioses y, porque no decirlo, del sólido muro defensivo que rodea al poblado, han mejorado las condiciones de vida en el mismo. La economía ha prosperado, el comercio es más intenso y se utiliza la monedacomo elemento de intercambio, lo que hace que aparezcan los primeros sistemas de contabilidad.

Se ha hecho posible la compra de granito para los molinos y la producción de pan se ha incrementado. La especialización de los clanes se ha impuesto y con ella la organización social. La población ha aumentado, e incluso se ha atraído la visita de gentes de otros lugares y pueblos cercanos. Vivir en la Gavia implica aceptar sus reglas de juego, sus dioses y su forma de vida. Rara es la persona que no está emparentada con algún antepasado o que goza de algún tipo de vínculo o relación con los habitantes primigenios.

Tanto es así que la escasez de espacio en la metrópoli ha obligado a construir varios edificios a las puertas del cerro, muy cerca del camino de entrada extramuros. Allí se alojan bueyes y vacas para que pasen sin sobresaltos las noches. También allí se dejan los aperos del trabajo agrícola y ganadero. Incluso un poco más al sur, al otro lado del manantial del que bebe La Gavia, se han construido los edificios necesarios para llevar a cabo el trabajo del hierro. Elemento este importantísimo, ya que arma a los arados y a los guerreros del poblado.

plano superior del complejo arqueológico gavia

Plano superior de lo que pudo ser el “complejo arqueológico de La Gavia”. En amarillo la metropoli, destruida en buena parte, y los dos poblados satélites, completamente desaparecidos.

Unos dos siglos antes de la Era Común, los ejércitos de Roma entrarán en Hispania. Tras las legiones romanas se alternarán los periodos de paz con los de guerra, ya sea combatiendo contra la población autóctona, contraCartagineses o contra Lusitanos. La Gavia no podrá ser ya un lugar seguro. Zona de paso hacia el interior y puerta al norte a través de los valles excavados por el río, sus defensas naturales y artificiales nada podrán hacer contra ningún enemigo tan bien organizado como las legiones romanas.

El influjo de los dioses dejará de ser propicio en el cerro y la población poco a poco lo abandonará buscando cobijo en los incipientes núcleos urbanos dominados por Roma. Poco a poco el imperio impondrá su ley: la deabandonar las alturas para colonizar los valles. Muchos carpetanos de La Gavia trabajarán en la Villa Romana superior de VillaVerde, que ocupará, por primera vez en la historia, el Vado de Santiago el Verde.

Irreductibles en sus creencias, los sin patria no dejarán por completo el cerro. A algunos se les verá acarreando sus muertos por el estrecho camino que daba acceso desde los cerros. Seguirán haciendo sus rituales de enterramiento en una necrópolis que se repartirá por entre lo que en otro tiempo fueran sus hogares. El torreón del mascarón de proa de La Gavia seguirá velando por ellos incluso después de que la historia lo olvide para siempre. Alrededor de todos ellos, durante cientos de años y hasta el segundo siglo de la Era Común, poco a poco e inexorablemente, todos los muros que levantaron los carpetanos se irán debilitando y terminarán por formar un todo con el suelo del cerro que les vio nacer.

El presente de la Gavia: agresiones y prospección arqueológica

El poblado de La Gavia es un descubrimiento relativamente reciente. Fue a principios del siglo XX cuando José Pérez Barradas lo descubre junto a los prehistoriadores Hugo Obermaier y Paul Wernert. Por aquel entonces no eran más que excursiones campestres que casi se practicaban por afición. No obstante estos investigadores ya encontraron en su día abundantes restos que apuntaban a la existencia de La Gavia. Numerosísimos restos de cerámica, lascas y útiles tallados en silex, y lo que parecía una prominencia que no fue otra cosa sino el torreón que en otro momento fuera símbolo del poblado.

Tras la Guerra Civil Española, las investigaciones, llevadas por Barradas y el museo de San Isidro, evidentemente se suspenden. Es llamativo como, tras dos mil años y durante la contienda, el propio cerro vuelve a hacer de baluarte defensivo, en este caso para las tropas republicanas, y el pequeño espacio que ocupa el cortado yesífero de La Gavia se entremezcla con trincheras, casamatas y troneras.

casamata en la gavia

Casamata de la Guerra Civil bajo la Gavia.

Tras la guerra el yacimiento cae en el olvido y durante la década de los 90, en la construcción del tren de alta velocidad (LAV) a Sevilla, se destruye la pared oeste del poblado.

En los primeros años del segundo milenio, y en la misma zona, se ejecutaron las obras del LAV a Barcelona y frontera francesa. En este caso las competencias y legislación en materia arqueológica, estaban ya en manos del Gobierno Regional de Madrid. Así mismo, la sensibilidad sobre conservación del patrimonio histórico había aumentado considerablemente, por lo que se llevó a cabo la única prospección arqueológica hasta la fecha.

La actuación recuperó y catalogó cientos de piezas de las tres estapas del poblado. Entre ellas se encontró abundante cerámica, objetos de hierro y cobre de todo tipo, los cuerpos de algunos de sus pobladores y el urbanismo que dio forma al poblado durante casi 600 años de historia. Toda esta información sirvió para aportar valiosísima información sobre el pueblo carpetano, cuyo origen costumbres e historia es hoy desconocida en su mayor parte, a pesar de ser los primeros habitantes con conciencia de serlo de la región central de la Península Ibérica.

El tesoro arqueológico de La Gavia sirvió para conformar una interesante exposición en el museo de San Isidro (hoy Museo de los Orígenes), que a su vez dio a luz el libro sobre el que está basado este capítulo de la historia del Parque Lineal.

Desgraciadamente, la urgencia y prioridad de las obras impidieron que la prospección fuera completa, quedando una parte importante pendiente de tales trabajos. Así mismo, la parte que se excavó por los arqueólogos no pudo ser puesta en valor, por lo que se cubrió con elementos de protección esperando tiempos mejores.

preparación arqueológica

Los restos que sobrevivieron las obras del LAV fueron preparados para, llegado el momento, ser expuestos en un centro de interpretación. Hoy, tales restos, continúan imparables su deterioro: furtivismo y roedores están terminando con el yacimiento.

Durante las obras del LAV a Barcelona-Frontera francesa, no se pudieron salvar una pequeña parte del lado Este del poblado, ni tampoco los asentamientos extramuros que durante la segunda fase de ocupación florecieron en los cerros vecinos. Todo este legado, aunque fue objeto de prospección, también fue destruido para siempre.

El futuro de La Gavia: ¿del abandono a la reintegración del Patrimonio?

Desgraciadamente, ninguno de los elementos recuperados, ni mucho menos los destruidos, han sidoreintegrados en su entorno en ninguna de las formas posibles de las que hoy se disponen. A pesar de que existió por parte de la constructora del LAV a Barcelona en ese tramo, un proyecto de instalación de un aula de interpretación, jamás ha sido ejecutado ni ha existido el suficiente interés por recuperar y poner en valor la historia que en este pequeño punto tuvo el Parque Lineal del Río Manzanares.

Los restos que sobrevivieron las obras del LAV fueron preparados para, llegado el momento, ser expuestos en un centro de interpretación. Hoy, tales restos, continúan imparables su deterioro: furtivismo y roedores están terminando con el yacimiento. El viaje en el tiempo del poblado de la Gavia duró 2500 años, en las últimas dos décadas parece abocado a un triste final.

Hoy los terrenos pertenecen a ADIF, la gestión de los mismos al Ministerio de Fomento, los planes de protección del Patrimonio Histórico a la Comunidad de Madrid y los planes de protección y regeneración del entorno del Parque Lineal al Ayuntamiento de Madrid. Este último presta especial atención al yacimiento en su Plan de Infraestructuras Manzanares Sur (PEIMANSUR), aunque de momento no exista ninguna medida concreta al respecto.

obras linea de alta velocidad a barcelona

Fotomontaje de las obras de la linea de alta velocidad a Barcelona-Frontera Francesa. Se aprecia el corte dado por las obras del LAV a Sevilla y que se daría en cuestión de días por el otro lado, en este caso el LAV a Barcelona.