La cueva de la Salmedina

El campo de la ciudad: Salmedina

La dehesa concejil de la Salmedina vista desde el Congosto

Continuando el trabajo iniciado sobre cuevas existentes en nuestro ámbito geográfico de estudio, ahondando en la investigación abierta sobre el origen de las mismas y posible datación, vamos a tratar la Cueva de la Salmedina, estructura subterránea compleja, excavada en el corazón de esta dehesa concejil de la Villa y Tierra de Madrid, que se enclavó entre los Sexmos de Vallecas y Villaverde, a ambos lados del cauce bajo del río Manzanares, poco antes de su confluencia con el río Jarama a la vuelta del Espolón de Vaciamadrid, en el Soto de las Juntas.

Sus límites, comprendiendo todo este tramo del valle, los formaban por el lado izquierdo del río, la hilera de cantiles yesíferos donde hoy se extiende la línea de resistencia republicana de la GCE 36-39, y por el derecho el cordal de cumbres del denominado Monte del Fraile, a raíz de su incorporación al Real Sitio de Gózquez (s.XVI) administrado por los jerónimos de El Escorial.

Línea divisoria donde terminaba la Tierra de Madrid y continuaba la Tierra de Segovia. Raya medieval desde 1085 (toma de Toledo e inicio repoblación castellana) mantenida al día de hoy, cuyos mojones el rey Fernando III se ocupó de reasentar personalmente (1239).

plano de localización

Mapa de localización de la cueva.

Varios son los caminos que de forma radial partían de la aldea madrileña de Vallecas, que buscando los vados naturales del río, comunicaban la Salmedina y aldeas aledañas con Magerit.

Uno de ellos, el del Congosto, descendía hasta el río, vadeándolo, para continuar hasta Alvende, villa segoviana inmediata, atravesando la Salmedina y el cordal de cumbres mencionado.

Es aquí, casi en el ascenso, donde encontramos esta cueva, cual estación de paso, al igual que hemos hallado otra de similares características, antes del vado, en el Congosto.

En un pequeño desmonte, donde pasa casi inadvertida, orientada hacia el Sur, se abre esta excavación en un contexto de suaves barrancos y majadas, apto para el pastoreo tanto de ganado lanar como vacuno, y cuyo uso vamos a tratar de desentrañar con las escasas pistas que poseemos.

Aparte de su lugar de ubicación y de su estructura constructiva, dato fundamental en esta labor, todo el entorno de la cueva, en un radio de treinta pasos, aparece cubierto de restos cerámicos, que cual fósiles de datación, pueden ayudarnos a interpretar las diversas secuencias de ocupación o hábitat de la cueva.

Vista de la entrada de la cueva

Entrada de la cueva

La cerámica más abundante es la vidriada, a una o a dos caras, adornada a veces con los propios trazos del vedrío escurrido; en tonos marrones, anaranjados o verdosos; de gran calidad algunas y otras ya muy deterioradas por los agentes atmosféricos, con pérdida del vidriado.

Estas cerámicas, de producción y uso inmemorial a lo largo de unos siglos, que abarcarían desde el momento de la propia repoblación (Baja Edad Media), hasta el momento actual, nos inducen a pensar que la construcción y uso inicial de la cueva pudo producirse en torno al siglo XV, por señalar un momento histórico intermedio, en que ese territorio se enmarca en Coto Redondo, El Aldehuela (sic), integrante de la Encomienda de Moratalaz de monjes calatravos, y que bien pudo suponer un lugar de abrigo y vigilancia de estos predios, disputados desde mucho tiempo atrás por intereses concejiles y señoríos. El denominado Val de Ezebreros que cita el Real Privilegio de 1239.

Curiosamente hallamos producciones cerámicas más recientes; como restos de un botijo marcado con el sello de José Chico, de Requena (de mediados del s.XX). O una curiosa botellita de vidrio claro y uso farmacéutico, con el rótulo “Farmacia del Globo. Madrid” esgrafiado en una cara (de inicios del s.XX).

Datos de este signo así como diversas reconstrucciones de la cueva nos hacen suponer el variado uso del lugar hasta el día de hoy: Lugar de refugio en campo abierto-tierras de pan llevar; estancia de control de dehesa ganadera y de paso por el territorio; infravivienda en período de postguerra; refugio de guardeses de la finca y refugio ocasional de cazadores en el coto actual.

Inclusive se dio un tiempo en que los salteadores de caminos, a lo largo del siglo XIX, recurrieron a este tipo de escondrijos en mitad de sus fechorías.

Así está documentado, tanto en la Cueva de los Migueles, desaparecida con motivo de la construcción del Carrefour de Rivas, frente al kilómetro 17 de la carretera de Valencia; como en la Cueva de Luis Candelas, bajo el espolón del despoblado de Alvende, próxima a la Casa de Compuertas de la Real Acequia del Jarama.

Curiosamente, no hallamos rastros claros de ocupación militar, dada su ubicación en tierra de nadie, al centro de las dos líneas de fortificaciones contrapuestas que en este entorno se alzaron a partir de febrero de 1937, hasta el final de la guerra, marzo de 1939.

Planta y Secciones de la cueva

Planta y Secciones de la Cueva de Salmedina

La distribución de la cueva es la siguiente: A partir de la boca de entrada, un túnel de 10 metros de profundidad por 2 metros de altura, con forma semiabovedada, hace de distribuidor hacia las cinco estancias que se abren a ambos lados, más el inicio de una inconclusa que no llegó a excavar su constructor, por causa desconocida. Tal vez acabara sus días sin poder culminar la obra iniciada o lo impidió cualquier otra posible causa sobrevenida que nunca conoceremos.

Al fondo de cada estancia del reparto observamos la existencia de una pileta excavada en la propia roca a fin de servir como comedero de forraje o paja para las monturas (mulos o asnos); medio fundamental para desplazarse en aquellos tiempos y objetivo primordial en el diseño de la cueva a la hora de prever un habitáculo apto, a compartir por humanos y bestias de carga o tiro.

Unos agujeros practicados en los bordes de las piletas sirvieron para atravesar los cordajes o cinchas de sujeción de estos animales; mas con el roce, alguno llegó a rasgarse, y como remedio puesto a este trance encontramos en la del fondo, una pica de alambrada de acero, hincada al suelo, abierta en dos por la punta a golpes de martillo para facilitar el atado.

Las dos estancias de la entrada, a derecha e izquierda, son circulares. Una a modo de silo o almacén de paja y leña; y la otra, a modo de cocina, con su hogar al fondo y chimenea abierta al exterior, revocada con ladrillos de fabricación moderna. También la entrada presenta restos de un dintel de madera para encajar una puerta de cierre, fijado con ladrillos de diverso tipo y época.

Fondo de la cueva

Fondo de la cueva

Podría pertenecer al último período de su ocupación como infravivienda, así como los escasos restos del revoque de muros con lechada de cal aplicados cual medida sanitaria; ya embebidos en la roca al día de hoy, por acción combinada de la humedad y la intemperie.

Sorprende la inexistencia de algún banco tallado en la piedra, para sentarse o reposar tumbados, como hemos podido advertir en otras cuevas.

Por el contrario, llama la atención la existencia de una línea de mechinales en todo el perímetro de algunas estancias, a dos palmos del suelo, que creemos fueron previstos para insertar largueros con algún tipo de jergón o estructura similar donde dormir, aislados del suelo.

No estando muy clara esta función, queda abierta la ventana de la duda.

Pequeñas hornacinas talladas para asentar lámparas de aceite o clavos hincados en las paredes de diversa datación completan los rasgos del lugar.

Nos limitamos a exponer algunas observaciones elementales, y nos hubiera gustado haber podido encontrar a algún lugareño que nos aportara algún dato más sobre este singular paraje, atesorado desde antiguo, transmitido oralmente de generación en generación por sus ancestros.

Todo el conjunto queda a la espera de que en algún momento una prospección y excavación metódica por parte del equipo arqueológico adecuado rescaten para todos la memoria de la cueva.

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